Regresa al Padre Misionero Dehoniano que trabajó en Bahía

Madrid, 28 de septiembre de 2018

«En verdad, en verdad os digo:
quien escucha mi palabra y cree al que me envió
posee la vida eterna y no incurre en juicio,
sino que ha pasado ya de la muerte a la vida»
(Jn 5, 24)

Queridos hermanos:
Hoy, día 28 de septiembre de 2018, en Puente la Reina (Navarra), ha fallecido el P. Artemio López Merino, a los 79 años de edad, después de una larga enfermedad, con entereza, amabilidad acompañada de ternura y agradecimiento hacia todos los que han estado con él en el proceso de su dolencia.
El P. Artemio López Merino, nació en Cerezo de Río Tirón (Burgos), el 6 de junio de 1939. Ingresó en la Congregación de los Sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús con su Primera profesión, en Zurraure (Navarra), el 29 de septiembre de 1956. Hizo su Profesión perpetua en Salamanca, el 29 de septiembre de 1961. Recibió la Ordenación presbiteral en Salamanca, el 3 de abril de 1965.
Su consagración a Dios se desarrolló sirviendo en las comunidades de Puente la Reina, colegio y seminario “Padres Reparadores” (1959-1960; 2017-2018), Madrid, colegio “Fray Luis de León” (1960-1966; 1982-1983), Alba de Tormes “Seminario San Jerónimo” (1966-1968), Novelda, colegio “Padre Dehon” (1968-1976), Salamanca, Seminario mayor (1976-1982) y las comunidades de la Misión de Ecuador (Bahía de Caráquez y Quito; 1997-2017). Es de destacar su llegada a Ecuador, junto con otros dos dehonianos, el 13 de octubre de 1997 para comenzar con la re-fundación de la primera misión dehoniana en lo que el propio P. Artemio denominó, en la obra conmemorativa a los quince años de la nueva presencia en dicha misión, “Retorno secular de los Dehonianos a Ecuador”, libro de quien él es el autor.
El Señor lo llamó a través de la Congregación, viviendo su vida religiosa, de sesenta y dos años, y sacerdotal, de cincuenta y tres, llena de luchas y de victorias, de desafíos y de conquistas. Esto es motivo de orgullo para los que pertenecemos a su familia y podemos hacerle un homenaje en el día de su despedida. Junto a él, caminando a su lado, o sintiéndolo misionero en aquellos pagos andinos, celebramos la felicidad de saber que el anuncio de Jesucristo es de siempre y para siempre, y uno de sus anunciadores ha sido nuestro hermano Artemio. Además, fue muy fecundo en el arte epistolar y narrativo. Sus crónicas, su forma de contar los hechos, han llenado muchas páginas que nos ha dejado como crónica para nuestra historia. En alguna de esas páginas están los servicios que desarrolló como educador, profesor, ecónomo local, director, vicario parroquial, superior y consejero provincial. Su talante personal fue siempre el de un compañero de viaje cercano, librepensador y hermano mayor que estaba “al quite” de las situaciones. En su forma de hacer las cosas fue un pedagogo de la proximidad.
Con su vida, ya entregada, nos invita a ser luz, a ser corazones y pies de Cristo. Por eso, damos gracias al Señor, por habernos regalado la vida del P. Artemio, una vida inseparable de todo aquello que significa ser discípulo para la Iglesia, la Congregación y la Misión. Con tristeza, con esperanza y, con mucha fe, recordamos una de las frases que los sacerdotes decimos al finalizar en la Misa, poco antes de la comunión: “nunca permitas que me separe de Ti”. Que sea así hasta que nos encontremos con él en la Jerusalén celestial.

Descanse en paz.

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